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!Chucha madre! -exclamó Juanacho a la mitad de la loma pero nadie lo podía oír. Todavía le faltaba subir ese cerro calato, bajar a la cañada y a partir de allí comenzar la verdadera escalada por un estrecho desfiladero hasta llegar al macizo andino donde se encontraba el caserío. Sabía que tendría que llegar antes del anochecer para no arriesgarse a dormir en la puna.
Desde que salió de Quispac no había regresado, ni falta que le hacía. Hacía veinte años que su tayta lo había enviado a Santiago de Chuco a estudiar la media y allí se quedó. Qué carajo voy a volver si el conchesumadre me tenía más pisado que su ojota y mi hermano me odiaba, se decía cada vez que recibía carta de ellos. Ahora era diferente, Sinencio le escribió que el tayta estaba muy enfermo y quería verlo por un asunto de herencia. Quizá se arrepintió el jijuna, se dijo al tomar el camión que lo dejó en el puente.
Ya anochecía cuando vio a lo lejos unas luces amarillentas colgadas en el cerro. Allí estaba Quispac, sin embargo calculó que le faltaban todavía varias horas de camino. Al borde del pánico Juanacho apuró el paso, tenía que llegar antes de que apagasen las lámparas de kerosene de las casas. No lo consiguió, pero la luz de la luna era tan fuerte que le permitió seguir el sendero en dirección a los ladridos de perros.
Los ruidos de los corrales de Quispac eran los mismos que recordaba desde niño. Parece que los animales se pasan la noche cuchicheando y se asustan de cualquier cojudez, un vuelo de lechuza o el correr de una vizcacha, ahora de mis pasos, pensó. Esos temores también se los trasmitían a Juanacho, que por nada del mundo dejaba de empuñar con fuerza su palo.
Unos perros furiosos le impidieron llegar a la puerta de la casucha. Nada había cambiado, la misma puerta retaca, la misma pintura carachosa que dejaba ver los adobes y las mismas tejas medio jodidas del techo. Juanacho miraba todo eso con asco y con temor.
-¿Quién está allí? -preguntó desde adentro la inconfundible voz del jijunagranputa de Sinencio.
-Yo, pues.
-¿Eres tú Juanacho?
-¿Quién más puede venir a esta mierda de sitio, pues?
Sinencio sacó la tranca de la puerta y abrió. Estaba más chancho y cuadrado, llevaba el viejo revólver del tayta en la mano.
-Pasa, que los perros no te van a morder -dijo metiendo el revólver en su cintura.
Por si las moscas, Juanacho remolineó su palo sobre la cabeza de los perros antes de entrar. El cuarto principal estaba igual: las ennegrecidas paredes, la mesa carcosa al centro, unos bancos de madera, la cocina de leña a la izquierda y los camastros de sus padres a la derecha. Sobre uno de ellos estaba alguien que debía ser su tayta. Tenía los ojos exageradamente abiertos, babeaba.
-¿Es él?
-Sí. Está así desde ayer. Ya no se puede hacer nada, ha venido don Pergo, ¿te acuerdas de él? Dice que lo mejor sería hablar con el Despenador.
-¿El Despenador? No me jodas, huevón, ¿y la herencia? Decían que tenía monedas de oro escondidas o ya te las chapaste.
-¿Yo? Yo nunca se las vi, te lo juro. Antes de su último chucaque habló con don Celso, el Juez de Paz. Le dejó el testamento pero el chesu del tinterillo no me lo ha querido leer. Creo que te deja algo, sino no hubiera pedido que te llamen. Claro que para recibir tu parte tendrás que esperar que muera el tayta y quién sabe cuánto durará.
-No tengo tiempo para huevadas. ¿Oye, todavía hay despenadores? -preguntó Juanacho-. Creí que los cachacos ya se los habían despachado.
-A este no lo han chapado todavía, dicen que es el último. ¿Quieres cañazo o más que sea chicha?
-Cañazo.
La última vez que Juanacho supo del Despenador tenía quince años, fue cuando su madre se cayó de la escalera del galpón y quedó paralítica del cuello para abajo. Luego de cuatro meses de cuidados inútiles, fue ella misma la que pidió que lo trajeran. Les dijo que el Despenador ya debía estar dando vueltas por los cerros, no había necesidad de llamarlo, él sabía cuándo y dónde eran necesarios sus servicios. Efectivamente, horas más tarde los animales del corral y los perros de la casa tuvieron un ataque de agitación espeluznante, parecía que una amenaza inminente se cerniera sobre ellos. Como si un puma hubiese irrumpido en la chacra.
Esa noche el tayta se puso el poncho grueso y, antes de salir, les dijo que fueran a su cuartucho y se quedasen quietos. Juanacho y su hermano entraron en su habitación -hicieron a un lado el charqui y los costales de chuño, papa seca y cañihua- y se echaron en sus colchones quedándose petrificados. Luego de un rato regresó su padre, dejó la puerta sin tranca y movió su camastro al lado de ellos. De pronto desapareció la luz de luna que entraba por las pequeñas ventanas. Los animales se quedaron callados, aterrorizados, inmóviles: los perros en su refugio para la lluvia, los otros en un rincón del corral se arrimaron entre ellos. Todo quedó paralizado y en silencio. Hasta el viento se detuvo. En medio de esa profunda oscuridad, una sombra todavía más negra se percibía acercándose, deslizándose por las salientes de los muros y los quicios de las puertas. Un silencio total precedía su desplazamiento, parecía que nada ni nadie podía impedirle cumplir su inexorable oficio. Juanacho, con los ojos fijos en un punto del techo, sudaba frío, sabía que su hermano y el tayta también sentían igual o peor que él. Así se quedaron los tres hasta la primera luz del día. Atrás quedó ese imperceptible rechinar de la puerta, esos segundos que se hicieron eternos en los que el Despenador debió haberse acercado al camastro, y, luego de un rezo ininteligible, se oyó un estertor y la corta exhalación de la madre. La súbita desaparición de la sombra del Despenador dio lugar a ladridos espantosos de los perros que salieron dándose dentelladas y al alboroto mayúsculo de los animales de todo el caserío. Pasadas varias horas todo volvió a la normalidad. Amanecía.
-Nos tomamos otra, Juanacho.
-Pues sí, Sinencio. Pero guarda el revólver que me pone nervioso.
-Mariconazo como siempre -se rió Sinencio y metió el revólver en el cajón de la mesa.
A la mitad de la segunda botella oyeron que los perros se pusieron nerviosos y los animales del corral empezaron a alborotarse. No había duda que el Despenador habría salido de su guarique, sabría que tenía chamba. Ahora les tocaba a ellos buscarlo y arreglar el precio. Sinencio propuso que debían ir los dos, pero Juanacho no pensaba salir de la casa y menos de noche. No me chupo, le decía, pero me da asco. Sinencio insistía y Juanacho se negaba. Así acabaron la segunda botella. Súbitamente, los perros se quedaron quietos. El Despenador se estaba acercando, Juanacho y Sinencio lo sintieron en sus pieles erizadas y el repentino frío de sus huesos. La lámpara de kerosene se apagó sola. Todo quedó a oscuras. Entonces oyeron unos débiles golpes en la puerta. Los hermanos se levantaron de un salto.
-No se asusten -dijo la voz cavernosa del Despenador detrás de la puerta -Sé que me necesitan.
Los hermanos se miraron entre sí sin saber qué responder.
-Sé que me oyen. Son cien soles por el servicio. Será esta misma noche. Cien soles.
Juanacho pensó que por cien soles lo haría él mismo, pero le faltaba valor.
-Págale tú -le dijo a Sinencio-. Vamos a medias, yo te lo daré de lo que me toque.
-¿Estás cojudo?, yo no tengo un cobre.
-Busca bien, yo puedo darte doce soles.
Sinencio prendió una vela, buscó todos los bolsillos y recorrió todos los cajones hasta juntar catorce soles.
-Despenador, te damos veintiséis soles. Es todo lo que tenemos, pues -le propuso Juanacho con voz temblorosa.
-Son cien soles.
-Te damos veintiséis y si quieres la ternera del corral, esa vale más de ochenta -dijo Sinencio.
-No quiero animales, los tombos me deben estar siguiendo. Prefiero los veintiséis soles ahora y el resto pasado mañana, cuando cobren la herencia.
-De acuerdo -dijo Juanacho, buscando la confirmación en los ojos de su hermano. Éste asintió con la cabeza.
-Déjenme el dinero en la mesa y zámpense adentro -ordenó el Despenador.
Sinencio levantó la tranca de la puerta y siguió a su hermano, que tenía la vela. Al entrar al cuarto del almacén apagaron la mecha y agüeitaron por las rendijas. Sinencio no vio nada, pero Juanacho aguzó la vista al máximo y pudo ver la mano huesuda del Despenador, con sus uñas largas y negras, contando el molido. Después la sombra se dirigió en dirección al camastro del Tayta y soltó una breve letanía que Juanacho no pudo entender. Luego no se oyó nada, ni un ay. Nada. Un bochinche de animales rompió el silencio. Para entonces el Despenador había desaparecido. Al salir al cuarto principal, los hermanos prendieron la vela y sin mirar al camastro del tayta bebieron en silencio hasta la salida del sol.
Al entierro acudieron la veintena de vecinos presididos por el Juez de Paz que leyó los responsos. Envuelto en su poncho de vicuña metieron al tayta en el hueco, le echaron tierra y pusieron unas piedras grandes encima. Juanacho dijo que encargaría una lápida de mármol en Santiago de Chuco. Todo el cortejo se dirigió después a la casa de los deudos llevando atados de mote, queso y algunos guisos como olluquitos con charqui y cuy chactado. Comiendo, bebiendo chicha de jora y hablando muy poco, los amigos acompañaron a los hermanos hasta llegada la noche. Sólo se quedó el Juez de Paz con ellos, tenía que leerles el testamento.
Sentados en la mesa carcosa, los hermanos tuvieron que oír primero los párrafos de quejas del tayta. De Sinencio, que era borracho, pichicatero y ahuevado, por eso su mujer le puso cuernos con el agrimensor y lo abandonó. Lo único bueno que has hecho, le decía a Sinencio, es no tener hijos. De Juanacho se quejaba que era ingrato, desalmado y desagradecido. A pesar de todo, dejaba a Sinencio la casa, la chacra, los animales y mil quinientos soles, que los tenía el Juez de Paz. Sinencio no cabía en su pellejo, creyó que se había quedado con todo. El Juez de Paz siguió leyendo: a Juanacho le dejaba doscientos soles y, como era el más inteligente de los dos hermanos, decía el testamento, también le dejaba Condorquilla, un extenso terreno en plena puna tan árido y pedregoso que ni ichu crecía. Desde hace mucho tiempo, decía el tayta, sé que hay yacimientos de plata y zinc. Para explotarlos tendrás que hablar con mineros importantes, pero no te dejes engañar, le recomendaba.
-Puta madre, te felicito -masculló Sinencio.
Juanacho sabía que su hermano se moría de envidia, lo vio en la mueca amarga de su boca y la mirada rencorosa de conchesumadre.
-No te lo creas, Sinencio, quizá es un truco del jijuna tayta. Hasta en su muerte quiso atraerme a esta mierda de puna -comentó Juanacho tratando de disimular su felicidad. Inmediatamente pensó en la Compañía Minera Hualco que tenía sus oficinas cerca del colegio donde enseñaba en Santiago de Chuco.
Apenas partió el Juez de Paz, Juanacho dijo:
-Bueno, hermano, mejor me voy a dormir. Estoy cansado y mañana me iré a apenas canten los gallos.
-Que te parece si nos tomamos el último cañazo. Sacaré la botella que el tayta tenía para él solo.
-Un vasito nada más - precisó Juanacho-, ya he tomado mucho desde que llegué.
-Sí, un vasito nada más - confirmó Sinencio y de un baúl sacó una botella de vidrio que contenía un líquido verdusco-. Está macerado con hierbas que el mismo tayta recolectaba. Es muy bueno, te va gustar.
Juanacho desconfió pero no quiso mostrarlo, después de todo sería un vasito y nada más. Con bastante atención vio que Sinencio cogió dos pocillos y echó una buena cantidad de esa porquería dentro.
-¿Estás muñequeado, hermano? ¿Estás pensando que es veneno, rosquete? Escoge tú mismo el pocillo, no tengas miedo -lo retó Sinencio, ofreciéndole uno en cada mano.
Juanacho sin responder cogió el que estaba en la mano izquierda.
-Salud por el Despenador que te ha hecho rico -dijo Sinencio y bebió de un par de tragos todo el brebaje.
Juanacho esperó un poco y muy a su pesar hizo lo mismo. Una estruendosa carcajada resonó en la habitación.
-Ya te jodiste, huevón -le dijo su hermano al momento que sacaba de su bolsillo dos tabletas blancas y se las metía en la boca.
Juanacho quiso salir de la casa y pedir auxilio. Sentía que la cabeza empezaba a darle vueltas y perdía el equilibrio. Dio un par de pasos en dirección a la puerta y acabó tirado en el suelo, desde allí vio que su hermano, arrodillado, le mostraba otras tabletas y se las tragaba.

Lo primero que oyó fue el ruido de los animales saliendo del corral, debía ser cuando menos las seis de la mañana. ¿Qué me ha pasado?, se preguntó Juanacho. Sí, el jijunagranputa de Sinencio me ha dado ese líquido. Al intentar levantarse ningún músculo le respondió aunque podía oír todo. Oyó la respiración y sintió el aliento de alguien cerca de su cara. Era su hermano listo a abrirle a la fuerza la boca y forzarle a beber más del brebaje.
De nuevo perdió el sentido por muchas horas. Poco a poco las voces que le parecían lejanas se fueron acercando a su camastro. Una era indudablemente el conchesumadre de Sinencio, la otra parecía la de don Pergo. Juanacho supo que lo mejor que podía hacer es mantenerse inmóvil.
-Dame una aguja de arriero -pidió don Pergo.
-Mejor le apagamos unos puchos en el brazo, -sugirió Sinencio.
-No, eso deja más huellas.
Juanacho resistió sin moverse los pinchazos en sus brazos y piernas, sabía que cualquier movimiento que hiciera sería funesto.
-Éste ya está listo para el Despenador -determinó don Pergo-. Haré correr el rumor que ha tenido un ataque parecido al del tayta, que esas cosas son hereditarias, pues.
Luego de hacer cuentas, Sinencio le pagó doscientos soles y le prometió que le daría mil más cuando negocie lo de los yacimientos. Salieron juntos de la casucha, don Pergo a ir con el chisme del malestar repentino de Juanacho y Sinencio a comprar cañazo.
Una vez que Juanacho oyó que las voces se alejaron decidió abrir los ojos. Con espanto se dio cuenta que estaba en el mismo camastro donde murió el tayta. El cuarto estaba casi oscuro, estaría a punto de anochecer. Es la hora del Despenador, pensó aterrorizado. Con gran esfuerzo se sentó en la cama. Sus piernas las sentía pesadas, torpes, la cabeza le reventaba por dentro. Tambaleándose llegó al centro de la habitación, abrió el cajón de la mesa y sacó el revólver del tayta. El regreso al camastro lo hizo más rápido, los ladridos de los perros podrían ser indicación del regreso de su hermano. Una vez acostado en su camastro Juanacho revisó el revólver, vio que estaba cargado, armó el gatillo y escondió el arma bajo el colchón.
Sinencio regresó mucho más tarde. Entró trastabillando, jadeaba como cuchí. Traía dos botellas de cañazo.
-Esto, mi querido hermano, es solamente reparar una injusticia. ¿Yo, que he aguantado todas las cojudeces y pendejadas del tayta, me iba a quedar con la chacra, y tú, que te apesta la sierra, te ibas a convertir en millonario? ¿Ves, Juanachito, hermanito? ¿Ves que ni tu puestito de profesorcito malpapeado ni la herencia te sirvieron para nada? ¿Quieres tomarte un cañazito, huevoncito, marinconcito? Hasta me salió poesía, cabroncito. ¿La manyaste, eh?.
Juanacho sintió un chorro de cañazo en la cara que se le metió en los ojos pero siguió inmóvil. Sabía que su vida dependía de no hacer ningún gesto.
Un poco cansado de su bromas, Sinencio se sentó a beber en un banco de la mesa y de vez en cuando le hablaba desde allí. Juanacho no daba señales de vida.
Llegó la noche y con ella el bochinche espeluznante de los animales seguido por un abrupto silencio. Juanacho entreabrió los ojos lentamente. Su hermano estaba sentado mirando la puerta que estaba sin tranca, una botella de cañazo estaba acabada, la otra a la mitad. Entonces todo oscureció y una sombra entró en la habitación.
-¿Ya tienes mis setenta y cuatro soles? -susurró el Despenador.
-Tengo más. Tengo para ti ciento setenta y cuatro. Los cien son por mi hermano que está jodido, allí está echado -le dijo Sinencio entreverando las palabras de lo borracho que estaba.
-Ya lo sabía - le cuchicheó el Despenador -aunque por él te cobro trescientos.
-Puta madre, que ladrón eres. Pero todo sea por mi pobre hermanito, está sufriendo. Que sean los trescientos, pues -aceptó Sinencio y puso la cantidad en la mesa.
Durante este diálogo Juanacho había cogido el revólver debajo del colchón y lo sujetaba escondido bajo su pierna.
-Entra adentro, nadie debe ver mi trabajo -le indicó el Despenador.
-No creo que pueda ir a ninguna parte, no ves que estoy borrachísimo -gritó Sinencio.
-Bueno, ponte de espaldas.
A regañadientes Sinencio movió su banco en dirección a la cocina y se llevó a la boca la botella de cañazo.
Satisfecho, el Despenador se acercó lentamente al camastro. Juanacho pudo verle, era un viejo horrible, huesudo y desencajado que se arrodillaba al costado de su cama y le decía con una voz casi imperceptible:
-¿Me oyes, hijo?, vengo a quitarte las penas. Te aseguro que hoy día mismo estarás en el reino de los cielos.
Juanacho le puso el revólver en el pecho y con la otra mano le hizo la señal de silencio. También con voz muy bajita le dijo:
-Huevón, si no despenas a mi hermano, te despeno yo ahorita.
El Despenador se quedó estupefacto. Ese hombre parecía estar dispuesto a todo. No tenía otra opción y movió la cabeza aceptando.
-¿Qué pasa Despenador, ya acabaste? -gritó desde su banco el conchesumadre de Sinencio.
-Tu no te muevas, sigue mirando allá -respondió el Despenador, y sin perder la compostura se puso de pie. Juanacho hizo lo mismo pero agarrándose del hombro famélico del Despenador y sin dejar de apuntarle, esta vez a su espalda.
-Despenador, ¿ya acabaste? –insistió el conchesumadre.
El Despenador, sintiendo el cañón del revólver en sus riñones, se acercó por atrás a Sinencio y cogiendo violentamente su cabeza se la giró desnucándolo. Al oír el crujido de las vértebras de su hermano, Juanacho apretó el gatillo.

Tres tiros de revólver se oyeron en todo Quispac. Cuando llegaron los alarmados vecinos encontraron el cuerpo del último despenador sobre la cabeza torcida de Sinencio. Juanacho con el revólver todavía humeante vomitaba a un costado.
FIN
Madrid, diciembre de 1998

Glosario de Peruanismos

Cachacos - Policías
Calato - Desnudo
Carachosa - Descascarada
Carcosa - Sucia, mugrosa, pringada
Cañazo - Aguardiente de caña
Cañihua - Cereal de los Andes
Conchesumadre - Hijo de puta
Cojudo - Tonto, gilipollas
Cojudeces - Tonterías, gilipolleces
Cuy chactado - Cobayo adobado
Cuchi - Cerdo
Chacra - Pequeña finca agrícola
Chamba - Empleo
Chancho - Cerdo grande
Chapar, chapaste - Coger, cogiste
Charqui - Carne desecada
Chesu - Abreviación de conchesumadre
Chicha de jora - Bebida alcohólica a base de maíz fermentado.
Chucaque - Ataque de nervios
Chucha madre - Puta madre
Chuño - Fécula de patata
Chuparse - Arredrarse
Despachar a alguien - Matar a alguien
Huevón - Tonto, gilipollas
Ichu - Hierba que crece en la puna
Jijuna - Hijo de puta
Kerosene - Keroseno, queroseno
¿ La manyaste? - ¿Entendiste?
Malpapeado - Mal comido
Muñequeado - Nervioso
No tener un cobre - No tener dinero
Ojota - Sandalia rústica atada con correas.
Olluquito - Tubérculo de los Andes
Pendejo/ pendejadas - Vivo, listillo/ vivezas (en otros países de
Latinoamérica, es lo opuesto: tonto/ tonterías)
Pichicatero - Cocainómano
Puchos - Colillas de cigarrillos
Puna - Tierras altas y secas de los Andes
Retaca - Baja, pequeña.
Tayta - Padre
Tinterillo - Picapleitos
Tombos - Policías
Vizcacha - Liebre de los Andes